El lado oscuro de la luna. (Parte 1)
24.01.25
La verdad puede hacerte sufrir, pero siempre te libera.
Esta verdad es mi lado oscuro de la luna, negada, encerrada, despreciada. Esta verdad la quería inmóvil, forzada a vivir en las mazmorras de mi corazón silenciada hasta el final. Allí la quería, encadenada, humillada, muerta la quería. Pero a veces, en algunas frías y solitarias noches, bajaba las escaleras en penumbra y la visitaba y mirándola sin hablar, lloraba y llorando ella me abrazaba, susurrándome al oído, Juan, aun si me encerraras en las profundidades mas insondables del mundo, yo seguiría amándote.
En los años de su naciente pubertad, Juan, escudriñando una sensualidad inicial se topó con un ente cuya libertad, cuya locura, cuya felicidad temía.
Y le temía, porque este ser representaba todo aquello que le alejaría de ser amado. Y en aquel entonces, para Juan no había temor más grande que ser despreciado, desterrado del amor de otros, en especial del amor de su madre.
Para su madre él, siendo el hijo mayor, debía ser el ejemplo para sus hermanos, intachable, correcto, exitoso, el ejemplar de hombre para mostrar al mundo. Juan fue elaborando una lista para chequear los pasos de la perfección que otros demandaban. En los tiempos de su juventud conoció a su primera polola, Marcela cortejada y amada según los cánones de una lista que llevaba escrupulosamente. Su madre le celebró y le amo y Juan sitiándose feliz fue construyendo una fachada, una imagen de si mismo para que otros le amaran.
Y pasaron los años y Juan se convenció que aquello era lo mejor, encerrar finalmente a este ente sensual, libre, a veces vulgar y alegre, en las mazmorras de su memoria, considerándolo un monstruo que había que ocultar, evitando tomarlo en cuenta, despreciarlo, olvidarlo. Y así lo hizo, o al menos creyó haberlo hecho.
Pero de aquella polola, paso a la siguiente y después a otras, porque en la intimidad de una sexualidad naciente Juan tenia, en su lista de deberes para ser amado, al sexo unido únicamente a la responsabilidad de ser padre.
Y resulta que hubo un momento, justo antes de terminar el colegio, una tarde de confesiones sobre pololas y chicas, en que su mejor amigo, Rodolfo, le confiesa ser gay, le contó su historia, de cómo a pesar del evidente sufrimiento de su madre, ella le amó aún más, ayudándole a mantener oculta de su padre estas cosas. Juan escudriñando concienzudamente su lista de comportamientos, revisó los riesgos y los beneficios y finalmente se mostró tolerante pero inmutable. Sin embargo, por dentro, aquel monstruo que había encerrado hace años en el sótano más profundo de sus ser, se estremeció y Juan enfocado en la fachada que iba construyendo sobre sí mismo, reforzó la vigilancia y redobló las celdas del encierro de este ente indeseado, su propio ser.
En la intimidad, Juan sostenía una sexualidad muy bien estructurada. Sabía que la tenía estrangulada casi cercenada, una parte de ella encerrada en las mazmorras de la locura como él le llamó. Y chequeando su lista de deberes y reglas eso estaba muy bien. Para su sorpresa, al conocer a Tamara logró intimar con ella su primera relación sexual modelo y así poder continuar con el chequeo de su catálogo del hombre perfecto, deseó casarse y formar familia con ella y lo logró.
Para Juan ahora las pautas de su lista de chequeo de la felicidad y el amor consideraban el éxito profesional y concentrándose en esto fue descuidando la pareja, amen de que la intimidad ya no era tan importante pues, en efecto, había logrado ser Padre ya.
Su trabajo le llevó a muchas partes del mundo, vio muchas cosas y entre ellas observó la felicidad, la alegría, la locura que otros vivían siendo ellos mismos, sin tantas reglas, sin tantas listas de chequeos, sin tantas condiciones. Y así inició Juan, lentamente, un viaje que lo llevaría a cuestionarse las cosas de su vida. Tamara no era feliz, él tampoco y de esta forma comenzó a resquebrajarse la fachada que, con tanta pulcritud, se había construido sobre sí mismo.
Su primera gran crisis llegó con la separación de Tamara. Una crisis que lo catapultó a buscar en la espiritualidad, las respuestas a la pregunta de ser feliz. Y jugó algún tiempo con la idea de hacerse monje y tomar los votos. Que mejor que los votos de castidad para asegurar que las puertas de las mazmorras donde yacía el monstruo de su libertad, alegría y sensualidad finalmente se pudriera sin ver la luz. La estrategia de reconstruir una fachada de santidad que su madre sin duda amaría y con ella el resto del mundo, era perfecta. Hasta que un monje mucho mayor, le disparara los argumentos que resumidos decían: la sotana no hace al monje y si buscas un cambio, ese, debías hacerlo aquí en tu interior y no afuera, le aconsejó.
Juan no quedó inerte a este sermón, entonces dejó la comunidad, regresó a lo mundano, se permitió conocer a Tara y después a Anita y a luego a Susana. Tuvo sexo, si, mucho, pero mantener su lista modelo del comportamiento perfecto en la cama era cada vez más difícil y agotador. Finalmente se reencontró con Anca. Ella en su desesperada situación, le ofreció lo que él había olvidado, la posibilidad de fundar una familia y reconstruir lo que hace tantos años se había roto. Era la oportunidad de volver a perpetuar su fachada en ruinas, mantener en las mazmorras a su monstruo encadenado, volver a brillar para ser amado por otros y así quizás llegar a la muerte y descansar de todo este esfuerzo, de toda esta mentira. Se dijo todo esto y más y no lo dudó.
Pero, un barco zozobra cuando le entra agua por la parte más débil del casco y esa fue la cama. Anca era 12 años más joven, no aceptaba un performance mediocre. Con ella había sido padre otra vez, lograr el éxito profesional no era ya una necesidad, la espiritualidad había dejado de ser un camino viable y solo le quedaban pocas alternativas que ella se buscara a otro y aguantar, morir o romperlo todo, dejar de parecer y ser.
La oportunidad llegó de una forma casi inesperada. En una visita de amigos en la Haya, Juan encontró sobre la mesa del comedor, unos volantes sobre el encuentro de hombres para revisar y reencontrar los valores masculinos sociales perdidos. Eran seminarios y talleres con ceremonias chamánicas de sanación y de iniciación y esas cosas y Juan recordó cómo su excuñado había participado en uno de estos encuentros hace años y tuvo la inspiración, de que en todas sus búsquedas nunca había mirado al hombre y en especial al hombre que él era y que hoy más que nunca debía sanar.
Así de regreso en Suiza, busca y encuentra un grupo cuyo nombre no le deja indiferente “MEN-Spirit” cuya oferta era precisamente ayudar a hombres a reconocerse, reencontrarse y curar al que llevamos dentro. Un entrenamiento de un año con doce módulos de trabajo personal y cuatro encuentros para ceremonias e interacción grupales.
Juan no lo pensó mas y se lanzó a este viaje con la esperanza de relanzar al Juan medio muerto que tenia en su alma.
El primer encuentro fue una ronda de presentaciones. Juan venia con el plan de mostrar el lado luminoso de su luna. Dio una presentación de sí mismo efímera, manteniendo las convenciones de su tabla de desgastados estereotipos. Ni él mismo se lo creyó, pero no tenía otra opción. Y resultó que aparece Gabriel, quien se presenta gay, y relata su vivir y convivir con demonios, alegrías y quebrantos y toda la carga emocional que sus padres le endilgaban, después Markus, que tratando de disimular frialdad y templanza rompe a llorar frente a su realidad, pues teniendo una novia ha estado saliendo con un tipo y no sabe que es lo que desea y quiere evitar ser la fuente de sufrimiento para ambos. Todo esto, deja a Juan desnudo frente a sí mismo. La pregunta de si ha valido la pena cercenar su propia homosexualidad en las mazmorras de su propio ser, para vivir lo que sea que se construyó, el esfuerzo de años de control se desteñía sin sentido, el temor de perder el cariño, de sus exmujeres, de Anca, de todos sus hijos y finalmente el temor de perder definitivamente el amor de su madre, lo dejo temblando abrazado a su monstruo silencioso, en las subterráneas celdas de su corazón.
Sufrió, mas de lo que nunca había imaginado. Ir desmantelando todos los sistemas de seguridad no fue fácil, saber que aquel ente negado y vilipendiado por él, era él mismo fue insostenible. En un momento pensó en el suicidio. Uno que no dejara huellas, para que nadie sufriera innecesariamente. Se imaginó la fórmula ideal de dejar en este mundo una fachada inventada de si mismo, un Juan que sería amado hasta la eternidad. Un pensamiento psicótico y cruel sin duda. Estaba en una encrucijada, no sabía como seguir. Y así, en una llamada telefónica casi cotidiana con su buen amigo, Felipe, uno que conoce todas las historias de la vida de Juan, se produce el develamiento de la verdad. La pregunta de Felipe formulada con cautela y sosiego sobre cuál era su orientación sexual, lo dejó en silencio. Juan barajó muchas respuestas, y se sorprendió verse cansado, hastiado de tanta estupidez sostenida por tanto años. Y en un momento de sinceridad lucida, abre las puertas de las mazmorras de su ser y confiesa su homosexualidad reprimida.
Se lo lloró todo, no podía ser de otra forma, por primera vez fue el mismo, sin mas ni menos.
Presunto Sagaz
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